Hacia la mitad del trayecto y alterada ya por tan inusual acompañante de viaje, me acerqué al conductor para comentarle lo que quizás fuese un olvido de otro pasajero.
Me miré al espejo retrovisor, si, me miré por comprobar que yo no era un bicho raro tal y como me hizo sentirme el chico que conducía.
Me sonrió y nunca me pareció más intimidante una sonrisa. No le dió la más mínima importancia a lo que acababa de cometarle y se limitó a preguntarme: ¿Hacia dónde se dirige, señora? Así, dando por terminado el capítulo como si nada.
-Voy a la última parada -le comenté mientras el rubor delataba mi furia y mi impotencia.
Me senté en otro asiento y miraba de reojo por si seguía allí.
¿Es que acaso nadie lo ve? Me asustaba tanta normalidad.
En los asientos traseros se había sentado un grupo de gente joven, ¿no es extraño que les hubiese pasado desapercibido tal cosa?
Empecé a preocuparme, a menguarme en el asiento, a esconderme tras mis gafas oscuras y a contar de dos en dos las calles que aún me separaban hasta llegar a mi casa.
Cuando acabe el viaje, se acabó el problema. ¡Qué idiotez de preocupación, ya vendría a recogerlo quien lo hubiera olvidado!
El asiento de al lado volvió a ser ocupado en la siguiente parada, ahora, ya no era responsabilidad mía. Sin duda, el viajero contiguo lo vería y sabría que hacer. Pero nada... Ni siquiera lo miró. ¡Por Dios!
Cambió el color del semáforo y el conductor frenó bruscamente. Los pasajero, aturdidos por el vaivén, nos recolocamos de nuevo. Seguía allí. Sin inmutarse. Es decir, se había resbalado hasta el filo dejando aún más desierta la posibilidad de que alguien lo cogiése.
Ni la distancia entre los asientos, ni las gafas oscuras, ni el bullicio de los ocupantes del fondo me distraían de tamaña insensatez. Decidido. Me lo llevo a casa y mañana acudiré a la oficina de objetos perdidos.
Los depositarán en una estantería etiquetado o quizás lo encierren en una caja metálica o, con suerte, lo pondrán en una vitrina y enseguida verás como viene el dueño... pero, ¿y si no tiene dueño?
Otra vez la angustia. Intermitente.
Me he dado cuenta de que el conductor mastica chicle y menea la cabeza al ritmo de una música machacona. Me lo estoy imaginando cuando termine el turno y se quite la corbata y el uniforme...será un niñato.
¡Me miró como si estuviera loca, el niñato!
Y todo porque quise ser una usuaria solidaria con los olvidos ajenos.
Ya, ya sé que no es sitio este para olvidar...un inquietante ojo de cristal azulado.
Rosa María García
Tercer Premio
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